A un cadete acostumbrado a las corridas,
la verguenza ya le pisa los talones
lamentando el precio de sus confesiones
va esquivando ejecutivos por Florida.
Mientras cruza sin mirar las avenidas,
se martilla la cabeza sin piedad
vuelve con los ojos llenos de perdón,
pero es demasiado tarde
y ella le da un beso de esos
que humillan a la soledad...
No hay comentarios:
Publicar un comentario